Tenemos 47 años. Algunos 46 y otros 48. Hay quien, por azares, tiene 45. Aunamos la fuerza del físico, todavía pletórico, con la fuerza del espíritu. En nuestras venas galopa la voluntad de alcanzar nuevas metas, de lograr por fin lo que nos propusimos, por lo que llevamos años peleando.
El encuentro se realiza en el recibidor del hotel Palace. En su escalera posamos para la foto que podéis ver arriba. Si os fijáis, la mayoría tenemos la barbilla levantada, como desafiante.
En el salón donde vamos a cenar, a la izquierda, alineados sobre una mesa junto a la pared, están expuestos recuerdos de nuestro paso por las aulas del IEM/INEM/IFT. El barco, un chándal amarillo,... Miro sonriendo la libreta de notas, azul, encuadernada en tela. La cojo; no recuerdo la cara que hay detrás del nombre que figura en un rectángulo blanco pegado a la portada. Hojeo las notas y se parecen a las que yo obtuve en su día. Sonrío más al leer algunas asignaturas: Formación del Espíritu Nacional, Gimnasia, Religión eran «las tres marías».
Sobre las mesas hay un CD con música que bailamos, coreamos o gritamos cuando apareció. En un trozo de pared cerca de la ventana, Manuel Vicente proyecta diapositivas de la época que ha recogido durante años (Gracias, Manuel Vicente).
La adscripción de cada uno y cada una a su mesa la dicta el afecto. Nos buscamos para compartir, ahora de nuevo, las emociones y sentimientos que nos unieron hace treinta años. Las miradas se cruzan de mesa en mesa, tejiendo una red de complicidades. Los nodos de esos cruces son preguntas que hacemos a quien está sentado a nuestro lado: ¿Aquel no es...? ¿Ella no era...? ¿Quién es...? Las preguntas se intercalan con exclamaciones: ¡Fíjate...! ¡Pero si es...! ¡Cuánto tiempo que...! Nadie de los presentes escapamos a la mirada de nuestros compañeros.
Es noche de ritos y fuego, es la proximidad de San Juan. En la terraza del hotel, Juan reza las jaculatorias de la «Queimada» que prepara con orujos traídos de tierras de poniente. En sus frases se conjuran las fuerzas que nos harán propicia la noche. Abajo, en el parking de un supermercado, cuatro han bajado y están disparando traca y cohetes. La noche se ilumina, los «¡Oh!». Los brindis con el brebaje consagrado se alzan para acompañar la luz que sube a las estrellas para convertirse en deseos.
De vuelta al interior de la sala, las mesas de la cena que ocupaban el espacio central han viajado hacia las paredes para dejar un espacio libre. Allí danzamos, saltamos, levantamos los brazos, golpeamos el cielo con los puños cerrados o con las manos abiertas. Otros y otras se limitan a bailar.
La noche transcurre entre viajes a una barra libre y la música que nos brinda Gregorio. Sin darnos cuenta, amanece. Una luz que llega del levante nos invita a retirarnos a casa. Ya no somos tan jóvenes; ya no enganchamos el finde de un tirón; ya necesitamos dormir.
Vuelvo a mirar la fotografía que precede a estas líneas. Sonrío. Eran treinta años. En el 2027 serán cincuenta.

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